VMY prayers book
Inicio
Salimos a tu encuentro
Agradecemos la colaboración en la elaboración de este Libro de Oraciones al P. Vicente de Dios, CM; P. Martín Burguete, CM; Edurne Urdampilleta; Gloria Santillán; Consejo y Secretariado Internacional de JMV, y a todos los que brindaron su valiosa ayuda.
Mil gracias.
EDITA Y DISTRIBUYE
Secretariado Internacional
Juventud Mariana Vicenciana
Marian Center Building | 959 San Marcelino Street | Ermita, Manila 1000, Philippines
Teléfono: :+63 272 176 465 | +63 917 623 6172
E-mail: info@jmvinter.org
Web: www.jmvinter.org
Queridos amigos:
La Asamblea General (Roma, 2000) pidió expresamente: «el Secretariado Internacional, en colaboración con el Consejo Internacional, elaborará un libro de oraciones para toda la Asociación que nos ayude a mantener el espíritu de oración en común y, en consecuencia, a reforzar nuestro sentido de pertenencia a la misma. Para realizar este proyecto solicitará a todos los países sus propios materiales de oración» (AG 2000, Documento final, 1.2). Hoy tienes en tus manos este sueño hecho realidad.
Hemos intentado recoger en este libro las principales oraciones con las que nos identificamos y que resaltan nuestras notas características como JUVENTUD MARIANA VICENCIANA.
Dejamos, por supuesto, libertad a los Consejos Nacionales para que puedan utilizarlo y enriquecerlo de la forma que vean más conveniente.
Abrigamos la esperanza de que este libro facilite:
- Que nos apoyemos unos a otros orando cada día,
- Que nuestra oración sea hermosa para Dios y atractiva para los jóvenes.
- Que hagamos de la oración parte integrante de nuestros encuentros de catequesis, formación, apostolado, servicio y evangelización para que logremos asumirla en nuestra vida diaria natural y espontáneamente.
Que la Virgen Milagrosa, maestra de oración para JMV, impulse maternalmente nuestra vida de oración y la de nuestros grupos para que lleguemos a ser como san Vicente, auténticos contemplativos en la acción.
Consejo Internacional de JMV
Octubre, 2002
Orar es una de las actividades más bellas y profundas que puede hacer el hombre. Mediante la práctica continuada de la oración puede llegar a tal hondura y a tal renovación interior que en ella y a través de ella el mismo hombre se haga «obra» de Dios. Para un cristiano, Jesucristo es el auténtico modelo y maestro de oración. María fue también una mujer de oración: «Su Madre conservaba todas estas palabras en su corazón» (Lc 2,51). San Vicente de Paúl vivió convencido del valor de la oración: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo» (Coste XI,83; CEME XI, 778).
Orar es vivir, no es imaginar, ni soñar, sino salir del «sueño» que vivimos. Orar es despertar, es un amanecer constante. Un continuo despertar desde la vida, en la vida y para la vida. La otra oración, la que saca y evade de la vida, la que finge y adormece, la que es refugio y huida, no es oración. Tampoco la oración es «pensar» mucho en Dios, porque ocuparse en darle una y mil vueltas a la cabeza no basta en una relación personal. Orar es entrar en diálogo con Dios, desde lo más hondo de nuestro corazón. A medida que Dios se nos revela, la oración aparece espontáneamente, como un llamamiento recíproco, un diálogo, donde Dios llama y busca al hombre («¿dónde estás?» Gn 3,9-13) y el hombre responde («He aquí que vengo para hacer tu voluntad» Heb 10,5-7). Por eso dice santa Teresa de Jesús que orar es «tratar de amistad, estando muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama». El que descubre a Dios, a Cristo, se hace «amante». Y el que ama sintoniza, busca la presencia, el diálogo…
Hay que vivir la oración; si se prefiere, el encuentro con Dios. Una cosa es pensar en la montaña y su escalada y otra muy distinta subir a ella. Lo que alimenta es comer. No es suficiente con leerse la carta del restaurante; lo mismo que sólo bebiendo se quita la sed, y no recordando la fuente. A caminar se aprende caminando y a orar se aprende orando.
El corazón del hombre, herido de amor infinito, busca con nostalgia insaciable el encuentro amoroso con su Dios. Desea ardientemente estar con el Señor de su vida. Llenar su vida de la presencia luminosa y radiante de Dios. Se siente como el rayo de sol que sólo se encuentra a sí mismo en conexión y fusión permanente con el sol. ¿Cómo existir fuera de él? Ser en Dios, en comunicación y comunión amorosa.
A la oración vamos a estar con el Señor, en una presencia amorosa. «Estar» simple y llanamente es una actitud un poco costosa para nosotros, que tanto valoramos nuestra acción, nuestro trabajo, y que medimos nuestro ser y persona por el rendimiento y la eficacia.
Por eso, antes que «hacer» en la oración, debemos saber «estar», valorando nuestra capacidad de ser conscientes de que estamos aquí y ahora, en una actitud activamente pasiva. A veces en la oración valoramos mucho lo que decimos al Señor, lo que pensamos, razonamos o hacemos, los propósitos que sacamos… Tanto que a veces nos olvidamos del Señor y continuamos centrados en nosotros mismos, en nuestros problemas y cavilaciones. Dice Jesús: «al orar, no charléis mucho… porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo» (Mt 6,7-8).
Así pues, te invitamos desde este libro a que practiques sencillamente el «estar» en oración, a simplemente estar centrado en lo más hondo de tu ser en una actitud silenciosa y acogedora. El silencio nos capacita para vivir nuestra propia presencia y al mismo tiempo abre dentro de nosotros la posibilidad de acoger y recibir la presencia de Dios, su revelación y su comunicación en la intimidad del alma. ¡Qué poca capacidad tenemos actualmente de estar simplemente en silencio, acogedores y receptivos ante la presencia amorosa de Dios! «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,10).
Todo encuentro profundo entre personas lleva a una auténtica manifestación, revelación de la intimidad de las personas. Esa comunicación de intimidades hace que nazca la auténtica amistad. Difícilmente se dará revelación de intimidad si no se encuentra uno con su corazón silencioso, atento y receptivo en quien volcar la intimidad. Así pues, hemos de poner las condiciones para que este encuentro se dé, y cuidar de iniciarnos en esta delicada tarea.
Algunos medios:
Una vez aclarado el elemento primordial: nuestra disposición, pasemos a hablar de algunos medios.
Como somos jóvenes que estamos en proceso de aprender, a veces necesitamos poner por nuestra parte unos medios que nos ayuden al encuentro y centren nuestra atención en esa presencia viva.
- Para ello puede ayudarnos una imagen o un ícono, una vela, la Palabra, un texto seleccionado, o bien puede ayudarnos repetir una palabra, frase o breve oración, despacio y rítmicamente, al ritmo de nuestra respiración.
- Otras veces será un sentimiento, un gesto o un canto.
- Otras será un pensamiento o una reflexión.
- Otras un encuentro con los pobres o un hecho de la vida.
- Y para quienes ya estén iniciados, el silencio mismo.
Pero recordando siempre que es importante no quedarnos anclados en estos medios como si sólo de ellos se tratase. Se trata de «puentes» que nos ayudan y facilitan el encuentro personal, íntimo y amoroso con Dios, no lo olvidemos.
Para facilitarte este encuentro con el Señor, te proponemos algunas ayudas para la oración personal o la celebración común, inspiradas en la espiritualidad mariana y vicenciana de nuestra Asociación, a modo de sugerencias, que seguramente ayudarán a despertar en ti esta actitud orante.
La Santísima Virgen María, que en la espera pentecostal del Espíritu, al unir sus oraciones a las de los discípulos, se convirtió en el modelo de la Iglesia suplicante, nos obtenga a todos los JMV del mundo el don de la plegaria incesante y del silencio, que nos capacite para entregarnos en profundidad al servicio de los pobres y de otros jóvenes.

Oraciones de JMV

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndidos, luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.
Orar con María: para María, orar significó reconocer en ella la obra de Dios y reconocerse a sí misma fundada en su obra. Orar supone descubrir a Dios como «mi Dios». El que ama y me distingue sin que exista razón ni fundamento. La oración en María es un diálogo con Dios Padre, un diálogo de búsqueda de la fe.
«Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti».

Magníficat
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
Bajo tu amparo
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.
Salve Regina
Dios te salve,
Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra,
Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva,
a ti suspiramos, gimiendo y llorando,
en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clemente, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
Ave Regina
Salve, Reina de los Cielos y Señora de los ángeles;
salve raíz, salve puerta que dio paso a nuestra luz.
Alégrate, virgen gloriosa, entre todas la más bella;
salve, agraciada doncella, ruega a Cristo por nosotros.
Regina Coeli
P: Reina del cielo, alégrate.
R: Aleluya.
P: Porque Cristo, a quien llevaste en tu seno.
R: Aleluya.
P: Ha resucitado, según su palabra.
R: Aleluya.
P: Ruega al Señor por nosotros.
R: Aleluya.
P: Gózate y alégrate, Virgen María, Aleluya.
R: Porque verdaderamente resucitó el Señor, Aleluya.
Angelus
P: El ángel del Señor anunció a María,
R: Y concibió por obra del Espíritu Santo.
(Dios te salve, María…)
P: He aquí la esclava del Señor.
R: Hágase en mí según tu palabra.
(Dios te salve, María…)
P: Y el verbo se hizo hombre.
R: Y habitó entre nosotros.
(Dios te salve, María…)
P: Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R: Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
Oremos: Infunde, Señor, tu gracia en nuestras almas para que, habiendo conocido por el anuncio del ángel la encarnación de tu Hijo Jesucristo, lleguemos, por su pasión y por su cruz, a la gloria de la resurrección. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Acuérdate
(De la novena de la Medalla Milagrosa)
Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir,
que ninguno de los que han acudido a tu protección,
implorando tu asistencia, y reclamando tu socorro,
haya sido abandonado por ti.
Animado con esa confianza,
a ti acudo, Madre, la más excelsa de las vírgenes;
a ti vengo, a ti me acerco, yo, pecador contrito.
Madre del Verbo, no desprecies mis palabras,
antes bien escúchalas y acógelas benignamente. Amén.
Oración de Juan Pablo II en la capilla de la Rue du Bac
¡Bendita tú eres entre todas las mujeres!
Has sido íntimamente asociada
a toda la obra de nuestra Redención.
Asociada a la Cruz de nuestro Salvador:
Tu corazón fue traspasado junto a su corazón.
Y ahora, en la gloria de tu Hijo,
no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores.
Velas por la Iglesia, de la que eres Madre.
Velas por cada uno de tus hijos.
Y alcanzas de Dios, para nosotros todas las gracias,
que simbolizan los rayos de luz que emergen de tus manos abiertas.
Con la sola condición:
que nos atrevamos a pedírtelas,
que nos acerquemos a ti con la confianza,
el atrevimiento, la sencillez de un niño.
Y así nos llevas sin cesar hacia tu divino Hijo.
Oh Santísima
¡Oh Santísima, oh piadosísima,
oh dulce Virgen María!
Madre muy querida,
Madre sin mancha,
¡ruega por nosotros!
¡Tú eres nuestro consuelo
y nuestro refugio,
Virgen Madre María!
Todo lo que anhelamos,
por ti esperamos;
¡ruega por nosotros!
Mira qué débiles somos,
perdidos en lágrimas;
¡sálvanos, oh María!
Alivia nuestra angustia;
apacigua nuestro dolor;
¡ruega por nosotros!
Virgen, vuélvete y míranos;
Madre, contémplanos,
¡escúchanos, oh María!
Tú eres la portadora
de la salud divina;
¡ruega por nosotros!
¡Que tus alegrías y tus penas
sean nuestra ayuda, oh María!
En ti esperamos; a ti suspiramos;
¡ruega por nosotros!
Madre del Redentor
Madre del Redentor, Virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,
ven a librar al pueblo que tropieza
y quiere levantarse.
Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.
Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.
Misterios Gozosos (lunes y sábados)
1.° Misterio: La encarnación del Hijo de Dios
«El Ángel Gabriel dijo a María: “…alégrate, llena de gracia… vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús”» (Lc 1,31).
«Entonces María dijo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”» (Lc 1,38).
La humildad:
«Jesús dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños”» (Mt 11,25).
2.° Misterio: La visitación de Nuestra Señora a su prima santa Isabel
«María fue corriendo a la casa de su prima Isabel. Y aconteció que cuando oyó Isabel la salutación de María, llena del Espíritu Santo, exclamó con gran voz: “¡Bendita tú entre las mujeres!”» (Lc 1,42).
«Entonces María dijo: “Alaba mi alma la grandeza del Señor… porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso”» (Lc 1,46.49).
El servicio y la misión:
«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida» (Mt 20,28).
3.° Misterio: El nacimiento del Hijo de Dios en el portal de Belén
«El ángel les dijo: “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador”» (Lc 2,11).
«Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (Lc 2,16).
«María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19).
El amor a los pobres:
«Dios librará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara; se apiadará del débil y del pobre, salvará la vida de los pobres» (Sal 72,12-13).
4.° Misterio: La presentación de Jesús en el templo
«Movido por el Espíritu, Simeón vino al templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús… le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Han visto mis ojos tu salvación… luz para iluminar a las gentes”» (Lc 2,27-32).
«Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y signo de contradicción ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!”» (Lc 2,34-35).
La obediencia:
«Jesús fue obediente hasta la muerte y una muerte de cruz» (Flp 2,8).
5.° Misterio: El Niño Jesús perdido y hallado en el templo
«Al cabo de tres días, le encontraron en el Templo. Su madre le dijo: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?”, él les dijo: “Y, ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais de que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Bajó con ellos, vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos» (Lc 2,46-49.51).
«Mi Padre me lo ha entregado todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10,22)
La disponibilidad para el Reino:
«Jesús dijo: “El que ama a su padre o su madre más que a mí, no es digno de mí”» (Mt 10,37).
Misterios Dolorosos (martes y viernes)
1.° Misterio: La oración en el Huerto
«Jesús oró: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, y su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,42.44).
«Jesús dijo a sus apóstoles: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil”» (Mt 26,41).
La búsqueda de la voluntad de Dios:
«Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10b).
2.° Misterio: La flagelación de Jesús atado a la columna
«Después de azotar a Jesús, se lo entregó para que fuera crucificado» (Mt 27,26).
«Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas» (Is 53,5).
«Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca; como un cordero al degüello era llevado» (Is 53,7).
La pureza:
«Sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo» (1Cor 6,19).
«El templo de Dios es sagrado, y vosotros sois ese templo» (1Cor 3,17)
3.° Misterio: La coronación de espinas
«Y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: “¡Salve, Rey de los judíos!”, y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza» (Mt 27,29-30).
«No tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, un hombre hecho a sufrir, curtido en el dolor; al verlo se tapaban la cara; despreciado, lo tuvimos por nada; a él, que soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores» (Is 53,2b-4a).
La lucha contra el orgullo:
«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6).
4.° Misterio: Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario
«Le sacan fuera a Jesús para crucificarle. Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene a que llevara su cruz» (Mc 15,20b-21).
«Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos”» (Lc 23,27-28).
«Me devuelven mal por bien, odio en cambio de amor» (Sal 109,5).
La paciencia en las pruebas:
«En efecto, la leve tribulación de un momento nos procura, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna, a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas» (2Cor 4,17-18).
5.° Misterio: La crucifixión y muerte de Jesús
«Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Y se quedaron sentados allí para custodiarle» (Mt 27,35-36).
«Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”» (Lc 23,34).
«Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, y a Juan: “Ahí tienes a tu madre”» (Jn 19,26-27).
La generosidad de la entrega:
«Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13).
Misterios Gloriosos (miércoles y domingos)
1.° Misterio: La resurrección del Hijo de Dios
«¡Ha resucitado, como lo había dicho!» (Mt 28,6)
«Jesús les dijo: “Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”» (Lc 24,39).
«Tomás le contestó: “¡Señor mío y Dios mío!”» (Jn 20,28).
La fe:
«El Señor dijo: “Si tuvieras una fe como un grano de mostaza, habrías dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido”» (Lc 17,6).
2.° Misterio: La Ascensión del Señor al cielo
«Jesús dijo a sus apóstoles: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”» (Mt 28,20).
«Y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,51).
«Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos» (Mc 16,20).
El compromiso apostólico:
«Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13)
3.° Misterio: La venida del Espíritu Santo
«Vosotros recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
«Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, y de María la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1,14).
«De repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento, que llenó toda la casa… Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo» (Hch 2,2-4).
Un alma de apóstol:
«Y Jesús les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”» (Mc 16,15).
4.° La Asunción de María al cielo
«¡Qué bella eres, amor mío, qué bella eres!» (Cant 4,1)
«María, la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste» (Pío XII, 1 de noviembre de 1950)
«¡Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada!» (Lc 1,48)
El don de un encuentro gozoso con Dios:
«Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido» (1Cor 13,12)
5.º Misterio: La coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado
«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1).
«Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas en el calcañar» (Gn 3,15)
«Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti».
La perseverancia:
«Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 24,13)
Misterios Luminosos (jueves)
1.° El Bautismo en el Jordán
«Se presenta Jesús, que viene de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «”Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí”?» (Mt 3,13-14).
«Jesús ya bautizado, se hallaba en oración, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo… y vino una voz del cielo: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado”» (Lc 3,21-22).
«Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, era hombre notable y muy estimado por su señor… pero era leproso. Eliseo le dijo: “Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne te renacerá y quedarás limpio”». Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Su carne volvió a ser como la de un niño pequeño, y quedó limpio”» (2R 5,1.10.14).
La justicia:
«Pues Yahvé es justo y ama la justicia, los rectos contemplarán su rostro» (Sal 11,7).
2.° Las bodas de Caná
«Se acaba el vino, y la madre de Jesús le dice: “No tienen vino”. Le responde Jesús: “¿Qué quieres de mí, mujer? Aún no ha llegado mi hora”. La madre a los sirvientes: “haced lo que él os diga”» (Jn 2,3b-5).
«Tal comienzo de los signos hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Jn 2,11).
Un espíritu de colaboración:
«Y el que planta y el que riega son una misma cosa; si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo, ya que somos colaboradores de Dios y vosotros, campo de Dios, edificación de Dios» (1Cor 3,8-9).
3.° El anuncio del Reino de Dios
«Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la región. Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos» (Lc 4,14-15).
«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15).
«El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría» (Is 9,1-2).
La conversión:
«Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os estaba predestinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal» (Hch 3,19-21).
4.° La Transfiguración
«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo» (Mc 9,2-3).
«Una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle”» (Mt 17,5).
«Os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad» (2Pe 1,16).
La sencillez:
«El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia, de que nos hemos conducido en el mundo con la sencillez y sinceridad que vienen de Dios, y no con la sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios» (2Cor 1,12).
5.° Misterio: La institución de la Eucaristía
«Tomando luego un pan, dio gracias, la partió y se lo dio diciendo: “Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por vosotros”» (Lc 22,19-20).
«Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26,29).
«Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1Cor 11,26-27).
La caridad:
«La caridad es paciente, es amable; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1Cor 13,4-7).
A Jesús con María
¡Señor Jesús, a ejemplo de María, quiero descubrirte!
Con ella, Madre de la Iglesia, quiero ser presencia joven en el seno de una comunidad servidora, comprometiéndome con generosidad a la evangelización.
¡Señor Jesús, a ejemplo de María, quiero seguirte!
Con ella, hija predilecta de Dios Padre, quiero ser como Tú, evangelizador de los pobres, en fidelidad a la consagración bautismal, siendo constructor de vida, amor y paz!
¡Señor Jesús, como María, quiero amarte!
Con ella, Virgen orante, llena del Espíritu Santo quiero hacer de mi vida un camino de oración y servicio, en la sencillez y humildad, asumiendo la espiritualidad del Magnificat.
¡Señor Jesús, como María, quiero entregarme!
Con ella, la primera discípula, quiero abrir mi corazón y mi mente a la misión, para que los dones que Tú me has regalado lleguen a los jóvenes del mundo, siendo tus manos, Señor, para los demás.
¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!
Orando con la Familia Vicenciana: sintiéndonos Iglesia universal, convocados por el amor a la misión y desde el sentir vicenciano, nos unimos en oración con los santos de nuestra Familia. A ejemplo de ellos, estamos invitados día tras día a dar la vida por los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados.
Espíritu vicenciano
Oh, Señor
despierta en nuestra Asociación
el espíritu que animó
a tu siervo San Vicente
para que llenos de ese mismo Espíritu,
seamos entusiastas
en amar lo que él amó,
y practicar lo que él enseñó.
Te lo pedimos,
por Cristo nuestro Señor.
Amén.
Oración de la Familia Vicenciana
Señor Jesús, Tú que quisiste hacerte pobre,
haz que tengamos ojos y corazón para los pobres;
y que te reconozcamos a Ti en ellos;
en su sed, en su hambre,
en su soledad, en su desventura.
Suscita en nuestra Familia Vicenciana
la unidad, la sencillez, la humildad
y el fuego de la caridad
que abrasó a san Vicente de Paúl.
Danos fortaleza para que
fieles a la práctica de estas virtudes,
podamos contemplarte y servirte
en la persona de los pobres
y un día unirnos a Ti
y a ellos en tu Reino.
Amén.
Oración con san Vicente y santa Luisa
Dios Todopoderoso y Eterno, que has llenado de caridad a san Vicente y a santa Luisa: Escucha nuestra oración y concédenos tu amor. A ejemplo de ellos, haznos reconocer y servir a Jesucristo, tu Hijo, en nuestros hermanos los pobres. Siguiendo sus enseñanzas, y el espíritu de nuestra Asociación, haz que aprendamos a amar, con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos, en humildad, sencillez y caridad. Por su intercesión, libra nuestros corazones de la vanidad y el egoísmo. Haznos recordar que todos, un día, seremos «examinados en el amor». Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración con santa Luisa
Oh Dios, fuente y premio de la caridad, que por medio de tu Hijo hecho hombre entregaste a la Iglesia el mandamiento del amor; danos, te pedimos, seguir de tal modo los ejemplos de la bienaventurada Luisa que, manifestando tu caridad sobre la tierra, merezcamos conseguir el reino prometido a tus elegidos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración con santa Catalina Labouré
Señor Dios nuestro que recreaste a tu bienaventurada hija Catalina con el maternal coloquio de la Madre de tu Hijo y la enseñaste a entregar con alegre humildad su vida escondida en Cristo al servicio de los pobres, concede a cuantos veneramos su memoria, que descubramos tu imagen en los pobres para que, sirviéndoles con sencillez de corazón, seamos testigos fieles de tu caridad en el mundo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Plegaria de JMV
Señor Jesús, llegamos hasta ti
con María Inmaculada.
A ti, el amigo de los pequeños y de los pobres,
te alabamos.
¡Tú nos miras a todos con tanto amor!
Enséñanos a vivir juntos
con el dinamismo de tu Espíritu,
que nos encamina por la senda de la admiración,
de la verdad y de la acción.
Concédenos el saber mirar a los demás
con los ojos del corazón.
Para reconocer las maravillas
que Tú has hecho en ellos
y, de manera especial,
en los que se ven desfavorecidos.
Ayúdanos a construir un mundo fraterno,
en el que nadie sea dejado de lado.
Haz que obremos en todo,
no con espíritu de poder o de dominio
sino humildemente, con un espíritu de servicio.
Amén.
Oración misionera (MISEVI)
Dios Padre de Bondad,
Tú que nos llamas por nuestro nombre,
ayúdanos a ser fieles a la vocación recibida.
Queremos ser sal y luz del mundo,
sirviendo siempre entre los más pobres,
con Amor efectivo y afectivo.
Necesitamos de tu Hijo Jesucristo
para anunciar tu Palabra
en la realidad a la que hemos sido enviados.
Queremos ser Testigos del Reino
viviendo las Bienaventuranzas.
Envíanos el Espíritu Santo
para que, como Iglesia,
vivamos la Comunión y la Unidad.
Los laicos misioneros
queremos acoger el don de la comunidad
y renovarnos a la luz de tu Evangelio.
Que María, Reina de las Misiones,
nos acompañe y vele por la continuidad
en la entrega a la tarea encomendada
por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.
Temas de Oración
Recomendaciones prácticas para orar
«De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí se puso a orar…» (Mc 1,35).
- Busca un lugar recogido: en una iglesia, capilla, tu habitación…
- Siéntate en una postura cómoda; trata de serenarte, pacificarte y centrarte; para ello, deja de lado todo pensamiento, centra tu mente aquí y ahora, en el momento presente, en este lugar donde estás.
- Quédate unos momentos tomando conciencia de ti mismo. Obsérvate en silencio, calma interior, serenidad, paz, apertura interior…
- Centra tu atención en el rostro o icono de Jesús.
- Cierra los ojos y procura quedarte en silencio, dándote cuenta de ti mismo y del rostro de Jesús.
- Date cuenta de tus deseos de orar, de tus deseos de acercarte a Jesús, de tus deseos de percibir a tu lado a Jesús.
- Lee el texto (o mejor, recuérdalo, sin necesidad de leerlo).
«De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí se puso a orar…» (Mc 1,35). - Después, cierra los ojos, o déjalos recogidos, entornados. Imagínate a Jesús antes del amanecer, saliendo de su casa, dirigiéndose a un lugar solitario y, postrado en tierra, orando a su Padre Dios. Obsérvalo y contémplalo en silencio.
- Si prefieres, imagínatelo, ahora, junto a ti, orando a nuestro Padre Dios.
- Deja que tu corazón, tu mente y todo tu ser se vayan contagiando de la oración de Jesús, del espíritu de Jesús.
- Repite en tu corazón, como un eco de tu alma:
Jesús, enséñanos a orar
Jesús, enséñanos a orar
Jesús, enséñanos a orar con tu mismo espíritu
Jesús, enséñanos a orar
Jesús, contágianos tu espíritu de oración
Jesús, enséñanos a orar.

- Toma conciencia de ti mismo.
- Relájate, pacifícate y céntrate.
- Silenciate, calma tu interior, serénate.
- «No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os darán por añadidura. No os preocupéis, pues, del mañana: porque el día de mañana ya se preocupará de sí mismo. Bástale a cada día su propio afán» (Mt 6,25-34).
- Abandónate en este momento presente, en manos de Dios, como quien se sumerge en el agua, experimenta la sensación de hundirte en Dios, sumergirte en Dios…
- Empieza a repetir desde el fondo de tu alma: «Padre me pongo en tus manos…»
– Padre: al inspirar (como impulso hacia Dios).
– Me pongo en tus manos: al espirar (abandonándonos en Dios).
Guías para celebraciones
«Quiero decir sí»
Tema: La Anunciación.
Introducción: María es la mujer predilecta de Dios para realizar en ella la obra de Salvación, y para ello se necesitó un Sí. Sin su libertad y total cooperación no se hubiera hecho nada.
Lectura Bíblica: «En el mes sexto, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”. María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel se retiró» (Lc 1,26-38).
Para la reflexión:
- María, modelo de entrega y generosidad. El «sí» de María es el fundamento de nuestra respuesta de fe a Dios.
- Como a María, Dios nos invita (nunca nos fuerza) a una respuesta libre a su amor. Una vez que aceptamos su invitación, un vínculo de amor es creado entre Dios y nosotros, el cual Él no defrauda.
Interrogantes:
- Dios también quiere decirte algo, ahora te habla a ti… ¿lo escuchas?
- ¿Qué «sí» nos está pidiendo el Señor hoy?
- ¿Somos capaces de sacrificar nuestro yo para hacer realidad el proyecto de Dios en nosotros?
Oración final:
Señor, por el don de la Fe, nos invitas a vivir una experiencia de Dios en nuestra vida. JMV nos acerca más al misterio de la Salvación.
«Mi vida… una canción»
Tema: Magníficat.
Introducción: María se muestra agradecida, Dios la ha mirado, y ha hecho obras grandes en ella. El Magníficat es el canto de acción de gracias que brota del corazón de María cuando su prima Isabel siente al hijo saltar en su seno, porque Dios hecho hombre ha entrado en su casa. Es la confianza en el amor fiel de Dios.
Lectura Bíblica: «María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”» (Lc 1,46-55).
Para la reflexión:
- La gratitud es un corazón abierto, un corazón de escucha, un corazón lleno de fe. Todos los días, Dios nos manifiesta su gran amor para con nosotros – nos da vida, nos trae una nueva sorpresa, nos concede un favor. Del mismo modo, estamos invitados a manifestarle nuestra gratitud, un sencillo «gracias, Señor» por habernos escuchado.
Interrogantes:
- ¿Como joven JMV, qué te dice el Magníficat?
- ¿Qué desafíos te presenta?, ¿qué esperanzas descubres en él?
Oración final:
María nos adelanta en el Magníficat el contenido del Reino que iba a proclamar su Hijo. Como primera cristiana nos muestra el camino ideal para nuestra vida.
«María nos convoca»
Tema: María, Madre de los Jóvenes.
Introducción: La Iglesia es el pueblo de Dios, el pueblo consagrado por Cristo en virtud de su muerte y su resurrección. La Iglesia es el fruto del don del Espíritu de Jesús. Es la comunión de fe y amor entre todos los creyentes. La salvación nos llega pues a título personal, pero no a título individual.
Lectura Bíblica: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio» (Jn 19,25-27).
Para la reflexión:
- Jesús nos entrega a María como Madre de la Iglesia y ella nos reúne y nos enseña a vivir en solidaridad, una solidaridad que nos permite compartir y contribuir al bien de todos.
- Los jóvenes están llamados, junto con los ministros de la Iglesia a ser protagonistas de la construcción de la «civilización del amor» desde la vivencia de la espiritualidad, el dinamismo, la alegría, la reflexión crítica y los valores propios de la juventud.
- Los jóvenes pueden ejercer una influencia substancial en nuestra sociedad moderna. Esta crecida influencia en la sociedad también exige un apostolado activo. La juventud tiene ímpetu y entusiasmo. Tienen mucha imaginación y espontaneidad. Si todo esto está inspirado con el Espíritu de Cristo, podremos esperar muchos frutos. Los jóvenes somos los primeros y directos apóstoles de otros jóvenes. Estamos llamados a ser miembros activos y solidarios de la Iglesia.
Interrogantes:
- ¿Cuando estoy con otros jóvenes, soy un instrumento de bien o acaso los llevo por malos caminos?
- ¿Qué aportación concreta hago a mi Iglesia local?
Oración final:
Concédenos Señor, poder contemplar con plenitud de fe la cruz, y permanecer fieles junto a ti como María, nuestra Madre.
«El momento oportuno»
Tema: Las bodas de Caná.
Introducción: María es una persona no alejada de nosotros por su perfección ideal, sino una persona que pertenece a nuestra familia, íntimamente enraizada en nuestra vida diaria, no aislada e inaccesible, sino muy cercana. Como creyente, Maria pide que se obre el primer milagro. Ella es la mediadora de la fe inicial de los apóstoles y lo sigue siendo para toda la humanidad, siempre pendiente de sus necesidades.
Lectura Bíblica: «A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: “No tienen vino”. Jesús le dice: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Su madre dice a los sirvientes: “Haced lo que él os diga”. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: “Sacad ahora y llevadlo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dice: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días» (Jn 2,1-12).
Para la reflexión:
- Para saber con certeza el plan de Dios para nuestra vida, normalmente se requiere una combinación entre paciencia, oración, reflexión sobre nuestra experiencia y buen acompañamiento personal.
- Nuestro tiempo es un regalo precioso y valioso. El servicio a nuestro prójimo debe ser también un regalo gratuito. Como María, debemos vivir la voluntad de Dios mediante los acontecimientos de nuestra vida.
Interrogantes:
- Medita en un acontecimiento clave de tu vida. Pregúntate: ¿Cómo actuó Dios en este acontecimiento?, ¿estabas consciente de querer hacer la voluntad de Dios?
- Se dice que cada uno tiene su gran momento en la vida… ¿cuál ha sido tu gran momento como cristiano?, ¿en qué consistió tu actuación?
Oración final:
Luchemos para transformar la insipidez de nuestras vidas en vino generoso. Pongamos en manos de Dios todas nuestras necesidades, las de nuestras familias y amigos.
«Tu vida me interesa»
Tema: La Visitación.
Introducción: Dios visitó a María y ella, a su vez, sintió la necesidad de visitar a otros y compartir su alegría con ellos. Verdaderamente, la Virgen es favorecida de generación en generación por las cosas grandes que el Señor ha hecho en ella. Ella creyó en la promesa del Señor.
Lectura Bíblica: «En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá”» (Lc 1,39-45).
Para la reflexión:
- La disponibilidad de María. Mujer capaz de asumir las dificultades y riesgos de la vida.
- Mujer centrada en Dios y atenta a las necesidades de los demás. Les lleva la Buena Nueva que es Jesús.
- María, mujer cautivada por el amor de Dios que se convierte en amor-servicio para los demás. El impulso en la vida de María siempre fue el amor, un amor sin límites que le llevó a estar presente y acompañar al prójimo.
Interrogantes:
- ¿Cómo sigo el ejemplo de María?, ¿cómo me hago presente en la vida de los demás?
- Imagínate a María en tu casa… algo te preocupa, una inquietud te estorba. María te dice: «Parece que necesitas hablar…» ¿Qué le dirías? Abre tu corazón y tu mente a ella. Acuérdate que ella te ama.
Oración final:
María de la Visitación, hoy como ayer sigues visitando a tus hijos y haciéndote presente en sus vidas, manifestándoles tu amor por cada uno de ellos. Por tu intercesión, te pedimos que nos alcances de tu Hijo la gracia de vivir como tú, dejándonos visitar por Dios y llevando su presencia a los demás. Amén.
«San Vicente, hombre de Cristo»
Tema: Aprender a dar, donándose a sí mismo.
Introducción: En su Pasión, Jesús vive el gran momento de la verdad, el momento en que el nexo entre su palabra y su conducta va a ser sometido a la prueba de la contradicción. Dos caminos se abren ante él: mantenerse firme en la orientación de su vida o abandonar su misión. Pero Jesús permanece fiel a la misma palabra. Su actitud da un sentido a su muerte: la existencia para el Padre y para sus hermanos, fue la norma de su vida, será también la norma de su muerte.
Lectura Bíblica: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8).
Texto vicenciano: «Vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (SVP I,294-295; ES I,320).
Para la reflexión:
- El bautismo es el sacramento de la identidad cristiana, que nos hace partícipes en la resurrección de Cristo. Es a la vez una gracia y una tarea. Gracia porque nos libera de nuestros pecados y nos hace hijos adoptivos del Padre y hermano del Hijo. Tarea porque debemos de vivir de acuerdo con la libertad de los hijos de Dios. Vaciarnos de nosotros mismos para llenarnos de Jesucristo.
- El asemejarse a Jesucristo en la vida y en la muerte es la llamada a cada cristiano. Seguir a Jesús exige la renuncia a uno mismo, y eventualmente conduce a la pérdida de la propia vida. Pablo es el discípulo que mejor lo dice… «ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí» (Gal 2,20).
Interrogantes:
- ¿Cómo vivió san Vicente la opción por Cristo?
- ¿Qué rumbo le darás a tu vida? ¿Te sientes interpelado por Jesucristo?
Oración final:
La muerte de Jesús en la cruz nos enseña a amar, asumiendo también la cruz como signo de solidaridad para nunca dejarnos vencer por las dificultades de la vida.
«Mi testimonio, aquí y ahora»
Tema: El laico, medio de evangelización.
Introducción: Intentaremos analizar nuestra realidad inmediata, lo que conocemos de nuestro alrededor, para verlo como el mejor campo de actuación. Es importante que se reflexione en la imagen que se tiene de la humanidad y las respuestas que la sociedad da, poniendo especial hincapié en nuestra respuesta como vicencianos. Nuestro talante debe ser semejante al talante de Jesús, que siente predilección por los más pequeños, toma partido y está cerca del sufrimiento de los pobres.
Lectura Bíblica: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25,31-46).
Texto vicenciano: «Yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo» (SVP XII,262-263; ES XI,553).
Para la reflexión:
- Los laicos están normalmente insertos en el mundo de su tiempo. Es en el corazón de esta vida común con todos sus contemporáneos cómo dan testimonio de su fe, por medio de su palabra y por el estilo de su existencia.
- El principal interés de Dios es manifestarse a nosotros, a darse personalmente a nosotros, con el fin de establecer con nosotros una comunión. Este ofrecimiento de Dios supone una participación lo más completa que sea posible de nuestra parte.
Interrogantes:
- ¿Cómo compartimos el amor que recibimos de Dios?
- ¿Es mejor que hable por nosotros nuestra vida antes que nuestras palabras?, ¿por qué?
Oración final:
Señor, Tú me quieres de verdad y esta realización me ha transformado. El amor que Tú me tienes, Tú que me amaste primero, se paga con amor. Ayúdame a transmitirlo a los demás.
«Mirar al pobre… y actuar»
Tema: El buen samaritano.
Introducción: Jesús nos invita a vivir la fe desde el compromiso de vida. No debemos ser neutrales de frente a los heridos del camino. Jesús nos dirá: «Vete y haz tú lo mismo».
Lectura Bíblica: «En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. Él respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”. Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Respondió Jesús diciendo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva’. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”» (Lc 10,25-37).
Texto vicenciano: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios» (SVP IX,252, ES IX,240).
Para la reflexión:
- Descubrir el sentido de la invitación de Jesús a verle en el pobre y a seguir su ejemplo. Cristo no solamente quiere que le veamos cuando vemos al pobre, Él quiere que actuemos, que hagamos algo… El buen samaritano vio la necesidad y se apresuró a dar alivio. San Vicente siempre ayudó a los que estaban a su alcance: huérfanos, ancianos, enfermos… buscó soluciones y recursos. Y nunca se excuso diciendo que sus problemas eran muy grandes y que sus esfuerzos serían en vano.
- El ser cristiano exige ser un buen samaritano. No basta huir del pecado o cumplir los mandamientos. Debemos tener una actitud positiva, haciendo obras buenas, haciendo la fraternidad de todos los hombres una cosa real. Hacerse prójimo requiere olvidar nuestras diferencias y ayudar a las personas.
- La caridad o amor es el principal mandamiento. La caridad es la sensibilidad a las necesidades de los demás. Así seremos juzgados, por las veces que hemos sido sensibles a las necesidades del prójimo.
Interrogantes:
- Qué hizo san Vicente sino dedicar toda su persona a los pobres, buscando todos los medios para que fueran servidos y evangelizados. Y tú, ¿qué haces por ellos?
- Siento que el Señor me invita a servir… ¿de qué manera te ha ayudado el ejemplo de Jesús al definir tus actitudes con los pobres?, ¿de qué manera tu actitud hacia el pobre define tu vida con Jesús?
Oración final:
Dirijamos nuestras inquietudes al Señor. Él es el único que puede darnos la fuerza para optar por Él, abriendo nuestros corazones a las necesidades de los demás, especialmente de los más pobres. Llénanos con tu gracia para recordar siempre que cuando servimos, estamos respondiendo a tu amor y fidelidad. Que nuestro servicio sea concreto y eficaz.
«Nunca es tarde»
Tema: La llamada.
Introducción: Encontraremos el sitio y el servicio adecuado escuchando a Dios. Él nos sigue llamando hasta el final de nuestra vida.
Lectura Bíblica: «¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”» (Lc 17,7-10).
Texto vicenciano: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos, para seguir a Jesucristo» (SVP ES III,359)
Para la reflexión:
- La llamada de Dios es siempre sorprendente y no tiene tiempo ni edad, pero pide una respuesta. Encuentra vida quien es capaz de ponerse en manos de Dios en vez de afianzarse en sus propias posiciones. Esto le da la capacidad de dedicar su tiempo y esfuerzo a la construcción del Reino de Dios, tomando la postura de un sirviente fiel.
- El servicio a los pobres nos recuerda la presencia misteriosa pero real de Cristo. Dios viene a nuestro encuentro y le encontramos si nos dejamos ser encontrados. A ejemplo de Jesús, vemos la razón de nuestra existencia en servir… y recordemos siempre que al servir estamos cumpliendo con el don de Dios que actúa en nosotros.
Interrogantes:
- ¿Buscas tu sitio y tu llamada?… escucha y descúbrelo…
- ¿Cómo puedes incorporarte al ritmo de vida de Dios?
Oración final:
En estos momentos que he descubierto lo mucho que puedo hacer por los demás, dame, Señor, valentía para no tener miedo de responder con generosidad para ser como tú me pides.
«Al estilo vicenciano»
Tema: El Espíritu Santo nos envía.
Introducción: La oración, la misión y la comunidad son los tres ejes de nuestra vida. Tenemos en Jesucristo a su iniciador. Ser misionero en JMV es caer en la cuenta de que hemos recibido una luz para iluminar. Es sentirse miembro de la Iglesia Misionera, y orar por las misiones, ayudar en las campañas, privarnos de algunas cosas para que otros pasen menos necesidad.
Lectura Bíblica: «Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”. Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”» (Lc 4,16-21).
Texto vicenciano: «Si es cierto que hemos sido llamados a llevar a nuestro alrededor y por todo el mundo el amor de Dios, si hemos de inflamar con él a todas las naciones, si tenemos la vocación de ir a encender este fuego divino por toda la tierra, si esto es así, ¡Cuánto he de arder yo mismo con este fuego divino!» (SVP ES XI,554).
Para la reflexión:
- La vocación y misión son dos ideas que se complementan mutuamente. El «ven y sígueme» se completa con el «Id y predicad a las gentes». «Seguir» significa dejarlo todo por Cristo, por su misión; es asumir el estilo de vida de Jesús.
- El celo consiste en el puro deseo de hacerse agradable a Dios y útil al prójimo, con entusiasmo y dedicación.
- El Espíritu Santo es una fuerza divina que habita en nuestro interior, que hace que anide en nosotros el don mismo de Dios, nos inspira, nos hace hablar y actuar según Dios. Es el amor que viene de Dios, que está presente en nosotros, nos llama y nos envía.
- Cada hombre, por obra del Espíritu Santo se encuentra llamado a vivir de la manera peculiar que solo a él se le propone y se da, la mediación simbólica de la donación y la acogida.
Interrogantes:
- ¿Qué medios hay para llevar la buena noticia a los más pobres?, ¿cuáles utilizamos?
- ¿Cómo podemos prestar una atención más especial a las nuevas pobrezas y a los sectores más excluidos?
Oración final:
Señor, nunca olvidas las obras de tus manos. A la luz de san Vicente de Paúl, descubrimos que los pobres son nuestros amos y señores. Concédenos esa misma gracia.
«Venid a mí»
Tema: Vivir la fuerza de la Eucaristía.
Introducción: María nos pone en marcha hacia su Hijo. Nos estimula al encuentro y a la comunión proponiéndonos un acto concreto «venid», que implica salir de nuestra casa, de nuestra comodidad, de nosotros mismos e ir al encuentro del otro para ir hacia Dios.
Lectura Bíblica: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30).
Texto del mensaje de la Rue du Bac: «Venid al pie de este altar, donde se derramarán gracias sobre todos los que las pidan con confianza, grandes y pequeños. Se derramarán particularmente las gracias sobre las personas que las pidan».
Para la reflexión:
- María no es una meta, no es un final en el camino, es un indicador que nos conduce al encuentro con el Dios de la vida, presente en la Eucaristía y en cada uno de nuestros hermanos. Ella nos da a su Hijo, hecho pan de vida, y nos lleva a un encuentro sacramental con Jesucristo, donde todo nuestro camino se renueva, donde se rehacen las fuerzas, donde resucitamos, donde nos hacemos vida: en la Eucaristía.
- La Eucaristía es un memorial en el sentido más pleno. A partir de allí, podemos entender la afirmación de la «presencia real» de Cristo en la Eucaristía. El pan y el vino son frutos del trabajo del hombre. Son el don de su tiempo y de sí mismo. «Venimos al pie del altar» cuando se revive el encuentro Eucarístico.
Interrogantes:
- ¿Qué cosas debemos dejar, hoy en día, para ir al encuentro del Señor y de los otros?
- ¿Cómo celebro y vivo de corazón la Eucaristía?
Oración final:
Al recibirte Señor en la Eucaristía, acogemos tu amor y tu fuerza para hacernos artífices de un mundo nuevo. Gracias, Señor, por enseñarnos el camino de la salvación y concédenos avanzar en ella, celebrando los sacramentos y proclamando nuestra fe.
«Vivir en la Luz»
Tema: Acercarnos a la Luz.
Introducción: Dios invadió el corazón de María con su amor siendo capaz de reflejarlo íntegramente. Cuando nos acercamos a la Luz, nuestra vida queda iluminada, y el amor es reflejo en nuestra vida.
Lectura Bíblica: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,14-16).
Texto del mensaje de la Rue du Bac: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen derrama sobre las personas que se las piden con devoción».
Para la reflexión:
- La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: «Pues el mismo Dios que dijo: “De las tinieblas brille la luz”, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2Cor 4,6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
- El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la luz de toda la realidad (cf. Veritatis Splendor, 88).
Interrogantes:
- ¿Nuestra vida es luz o tinieblas para nuestros hermanos?, ¿por qué?
- ¿Permitimos que la luz invada nuestro corazón?, ¿la transmitimos a los demás?, ¿cómo?
Oración final:
Que sea, Señor, mi vida la luz que brille para la humanidad como lo eres Tú. En nuestro mundo donde muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, te pedimos, Señor, que nos ayudes a reafirmar nuestra fe como una decisión personal que compromete toda nuestra existencia. ¡Que el Evangelio sea la lámpara que guíe las decisiones y el rumbo de nuestra vida!
«Deseo hecho realidad»
Tema: El deseo de María. Una misión de ayer y de hoy: fundar la Asociación.
Introducción: En algún momento de la vida, el joven vive una etapa crítica y esto representa tensión en la sociedad. Debemos estar atentos a sus necesidades, en la evolución de su propia filosofía de la vida e identidad.
Lectura Bíblica: «Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron» (Mt 4,18-22).
Texto del mensaje de la Rue du Bac: «La Santísima Virgen quiere que usted comience una Asociación… de la que será fundador y director: se trata de una Asociación de Jóvenes de María…; La Santísima Virgen concederá muchas gracias y se otorgarán indulgencias».
Para la reflexión:
- Tu vida joven, tiene un reclamo permanente, pide a gritos un Encuentro; sueñas y necesitas, a veces, desesperadamente, encontrarte con alguien que adivine tus luchas, que te escuche sin prisa, que se sintonice contigo, de tal forma que puedas decir: es mi otro yo, mi otra mitad. Un encuentro para que sea auténtico necesita algunas condiciones: empatía profunda, confianza sin límites, capacidad de escucha, verdad, lealtad, atención, respeto.
- María y Catalina hablan largamente y sin prisa, mirándose a los ojos, se descubren sus secretos y tejen juntas una alianza, hacen posible un encuentro, que no se acaba jamás y que marca profundamente la vida de Catalina.
Interrogantes:
- ¿Cuál es la calidad de mis encuentros en JMV?, ¿qué aporto?
- ¿Me intereso por que otros jóvenes se sumen a las filas de JMV?
Oración final:
Por medio de JMV podemos llegar a los jóvenes que se encuentran más lejos de la Iglesia, que atraviesan situaciones difíciles, y a los que optan entrar en este proyecto de vida. Que seamos capaces de escuchar con amor los retos, anhelos, sueños e ilusiones de nuestros hermanos.
«Un proyecto de amor»
Tema: La Medalla.
Introducción: Con esta Medalla, María nos presenta lo esencial del mensaje Cristiano. El reverso de la medalla habla del proyecto de amor de Dios hacia los hombres. El anverso, María como mensajera privilegiada de la ternura de Dios.
Lectura Bíblica: «Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en Él, y Él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 4,7-16).
Texto de la Rue du Bac: «Se formó un cuadro alrededor de la Virgen un poco ovalado, donde había en torno estas palabras, escritas con letras de oro: “Oh María sin pecado concebida ruega por nosotros que recurrimos a ti”. Unos momentos después, el óvalo se volvió y, en el reverso, se distinguió la letra M coronada por la cruz y debajo los corazones de Jesús y María».
Para la reflexión:
- Anverso de la Medalla. María está de pie como un peregrino en marcha, con sus manos extendidas para acoger con bondad, para hacer posible un verdadero encuentro a la luz que de sus manos brota, un encuentro en el amor de Dios. María nos revela su identidad: ella es la inmaculada concepción, que está atenta a todas nuestras necesidades, ella ruega a Dios por nosotros, es ella a quien nosotros recurrimos y quien nos escucha, ella oye y comprende todo lo que nuestro corazón joven no sabe cómo expresar y nos orienta hacia su hijo: «Haced lo que Él os diga».
- Reverso de la Medalla. Esto es un regalo de amor. Jesús y María son amor en medio de los hombres y son amor para los hombres, a pesar de nuestras infidelidades y traiciones los corazones de Jesús y de María están siempre ahí y no se cansan de amarnos, están ahí unidos para lograr el feliz resultado de la vida. Lo que vale una persona no se mide por su ropa, sus diplomas, lo abultado de su cartera: se mide por su capacidad de amar. Sin amor nada tiene valor.
Interrogantes:
- Joven mariano, ¿portas con orgullo tu medalla o la escondes?, ¿qué significa para ti?
- ¿Qué significa para nosotros servir por amor?, ¿llevamos nuestro compromiso con entusiasmo?
Oración final:
Señor, vienes a mí, me miras a los ojos, y me dices que me quieres… siento tu amor, deseo saborearlo, y dejarme llevar enteramente por él. Este amor me mueve a transmitirlo a otros. Lánzame y ayúdame en esta tarea.
«Nuestro impulso»
Tema: La medalla, signo de amor.
Introducción: María quiere dejar un recuerdo de su mensaje, y no quiere que quede reservado a Santa Catalina sino que llegue a todos. La medalla es un signo que nos ayudará a llevar el mensaje de Jesús y María muy lejos.
Lectura Bíblica: «Y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado”» (Mc 16,15).
Texto del mensaje de la Rue du Bac:
«Escuché una voz que me dijo: “Haz acuñar una medalla según este modelo. Todas las personas que la lleven recibirán muchas gracias… sobre todo si la llevan con gran confianza”».
Para la reflexión:
- En estos tiempos de tatuajes, talismanes y símbolos es necesario aclarar el sentido de la medalla; no es un talismán mágico que ahuyente los males sino un signo de la ternura de Dios, una síntesis plástica del evangelio.
- Llevar la medalla es estar dispuesto a ser testigo y misionero de las verdades que allí se consigan y hacer de ellas el fundamento de nuestra vida. La medalla es una misión. La medalla es un regalo de Dios; debemos llevarla con gozo como el signo de su misión: anunciando la ternura de Dios.
Interrogantes:
- Podemos decir que la medalla es nuestra identificación misionera en el mundo, ¿cómo misionamos con la medalla?
- ¿A qué me comprometo cuando porto la medalla?
Oración final:
La medalla nos recuerda la buena noticia del Evangelio, que hemos de llevar a todo el mundo, proclamando y construyendo el reino de Dios. Señor quiero ser continuador de tu obra y tu compañero en la misión.
Guías para celebraciones
Ambientación: La expresión «Cuerpo de Cristo» suena muy familiar a los oídos católicos. La Iglesia vista no sólo como una corporación y organización externamente estructurada y dividida por dignidades y competencias, sino que también se la puede ver en su interior como misterio fundado por Cristo, lo que descubre para muchos una nueva dimensión eclesial. Pablo encuentra esa imagen y la aplica a la comunidad cristiana. Lo que importa es la unidad comunitaria y la unidad de sentimientos. «De hecho hay muchos miembros y un solo cuerpo» (1Cor 12,20).
Reunidos en el nombre del Señor: Las comunidades que se reúnen en casas particulares saben que ellos constituyen la Iglesia, término griego que significa «los que son convocados». Oramos en Iglesia, es la oración lo que reúne a la Iglesia. San Cipriano hace notar que el cristiano, ore donde ore, ora siempre en plural. Ora como miembro de una comunidad, incorporado por el bautismo al Cuerpo de Cristo.
Iniciamos la oración: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Que la admirable creación no calle de día ni de noche. Que no callen tampoco los astros luminosos, las montañas más altas, los abismos del mar, mientras nosotros cantamos en nuestros himnos: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo (Oraciones de los primeros cristianos).
Oramos para acoger la Palabra: Concédenos, Señor, contemplarte como Señor y Maestro de cada uno de nosotros, de tu Iglesia, por quien crece y recibe forma y aliento. Prepara nuestros corazones para escuchar las palabras de vida que proceden de tu boca.
Lectura de la Palabra de Dios: Hacemos unos instantes de silencio para prepararnos a escuchar la Palabra de Dios.
«Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada cual. Pues, así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros cumplen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros. Teniendo dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado, deben ejercerse así: la profecía, de acuerdo con la regla de la fe; el servicio, dedicándose a servir; el que enseña, aplicándose a la enseñanza; el que exhorta, ocupándose en la exhortación; el que se dedica a distribuir los bienes, hágalo con generosidad; el que preside, con solicitud; el que hace obras de misericordia, con gusto» (Rm 12,3-8).
Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada: Interioriza la Palabra de Dios y aplícala a tu propia vida: «Todos vosotros sois uno en Cristo» (Gal 3,28). Espíritu del Señor, que la palabra divina empape y fecunde los corazones creyentes por ti convocados.
Respondemos a la Palabra con la oración: El Verbo de Dios se ha constituido en el Orante en medio de nosotros. Ora en todos aquellos que, reunidos, están unidos con Él. Si el texto es una carta, es que hace falta leerla. Sin embargo, no basta eso. La carta es Palabra de Dios. Por eso, quiero rezarla con mis hermanos.
Para profundizar en la Palabra: Explicación del texto: El cuerpo está estructurado de forma que los diversos miembros cumplen su función específica. También los cristianos constituyen un solo cuerpo. Ninguno representa al cuerpo entero; pero nadie sobra. Por eso la existencia cristiana no puede limitarse a la esfera privada de la interioridad.
Alabanza y acción de gracias: «Señor, te damos gracias, te alabamos y te bendecimos, porque no sólo te manifestaste en la riqueza y en la potencia de tu vida y de tu muerte, en tus palabras y en tus milagros, sino que sigues manifestándote en el misterio de tu Iglesia. Tú vives en ella, Señor, en ella difundes tu Espíritu, en ella difundes tu palabra, en ella curas, en ella mitigas los sufrimientos del hombre, en ella y por ella te creas un cuerpo visible que es luz de la historia, signo e instrumento de unidad para el género humano». (Cardenal Martín)
Lenguaje simbólico: En el retablo de la Medalla están grabadas las doce estrellas. Es ciertamente una alusión a la Mujer del Apocalipsis, que aparece vestida de sol y coronada de estrellas. Pero las doce estrellas nos pueden llevar también a la comunión de la Iglesia, fundada sobre el cimiento de los doce.
Envío: Hacerse discípulo de un maestro, supone reconocer la autoridad de otro en tu vida. Hacerse discípulo de Cristo, supone una entrega radical, desposeyéndose de uno mismo. Así nace y crece la disponibilidad. Como miembros de la Iglesia, en su calidad de «cuerpo de Cristo», los enviados adquirimos un compromiso: ser verdaderamente y siempre tan transparentes como para dejar entrever entera y límpidamente la estatura completa de Cristo (Cf. Ef 5,27). «Que cada uno vea cómo edifica» (1Cor 3,10).
Bendición: Llena mi boca de tus alabanzas, Señor, y mis labios de alegría: que cantemos tu gloria y tu poder. Te bendecimos, Salvador nuestro, Señor del cielo y de la tierra por la abundancia de tu gracia. Llena a tu Iglesia de tu gloria para que te alabe por los siglos sin fin.
Ambientación: Al leer el capítulo segundo del libro de los Hechos de los apóstoles descubrimos que el primer efecto de la venida del Espíritu en Pentecostés es la predicación del Evangelio, que tiene como resultado una masiva conversión de quienes lo escuchan. Con la irrupción del Espíritu Santo y esta primera predicación, comienzan a cumplirse las palabras de Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
Reunidos en el nombre del Señor: Danos tu Espíritu Señor, para que su presencia inunde nuestros corazones. Haz que nos congregue en la unidad. Guárdanos a todos en comunión de fe y amor mutuo.
Oramos para acoger la Palabra: La Iglesia en el cenáculo sólo pedía una cosa: el Espíritu. Pidamos el Espíritu como el don que contiene todos los dones. En particular, el don de oración. El Apóstol nos recuerda: «Habéis recibido el Espíritu de adopción por el que clamamos: Abba, Padre» (Rom 8,16).
Lectura de la Palabra de Dios: Hacemos unos instantes de silencio para escuchar atentamente la Palabra divina.
«Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua”. Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: “¿Qué será esto?”. Otros, en cambio, decían en son de burla: “Están borrachos”» (Hch 2,1-13).
Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada: Leer, escuchar, sentirla arder en nuestro corazón. Hablamos de tu Palabra, Señor, «y de todo lo referente a este estilo de vida» (Hch 5,20).
Respondemos a la Palabra con la oración: Nos encomiendas, Señor, dar testimonio del Evangelio, ser testigos y servidores de la Palabra. Llénanos de tu Espíritu, y que sea tu Espíritu, el verdadero protagonista de la misión. Silencio orante.
Lenguaje simbólico: A falta de rostro propio, el Espíritu ha sido calificado de diversas maneras. Particularmente los textos sagrados y los santos Padres describen el aprecio que sienten por Él. Veámoslo: «Espíritu creador, Espíritu del Padre, Paráclito, Consolador, Espíritu de verdad, Don de Dios, Luz beatísima, Espíritu vivificante, Fuego, Amor, Dedo de Dios, Dulce refrigerio, Padre de los pobres…» Define tu misión como la de Cristo: anunciar la Buena Nueva a los pobres, impulsado por el Espíritu, Padre de los pobres.
Bendición: Que tu Espíritu divino, Señor, nos haga servidores de los demás, nos dé sabiduría para acoger la Palabra, ponerla en práctica y proclamarla. Dios nos bendiga derramando sobre cada uno de nosotros el “fruto” del Espíritu: amor, cordialidad…
Ambientación: La Palabra de Dios está en el corazón del creyente (Rm 10,8). Su vida entera puede convertirse ahora en «sal de la tierra» y «luz del mundo». Se puede entonces cumplir el deseo de Jesús: «Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). La actividad de María ante la Palabra es la más apropiada. Es la verdadera oyente que supo escuchar y acoger la Palabra con sencillez y plenitud. Descubramos nuestra condición de oyentes y orantes aquí y ahora.
Reunidos en el nombre del Señor: El Señor está con nosotros. Es muy familiar para nosotros el saludo litúrgico: «El Señor esté con vosotros». Afirmamos así la presencia entre nosotros del que «vive por los siglos de los siglos». Del mismo modo que el Ángel reconoce la presencia del Señor en María, así también nos reconocemos aquí y ahora, como tabernáculo del Señor.
Iniciamos confiadamente la oración: Nos servimos de la señal de la cruz, así indicamos que es en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo que nos reunimos para orar.
Oramos para acoger la Palabra: Concédenos, Señor, comprender tu Palabra y percibirla como luz que irradia el misterio de María. Te confiamos, María, nuestra oración y la plegaria de JMV del mundo entero. Oramos mirándonos en ti, Orante nuestra.
Lectura de la Palabra de Dios: Hacemos unos instantes de silencio para prepararnos a escuchar la Palabra de Dios: pide «oídos de discípulo».
«En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”. María contestó: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Y el ángel se retiró» (Lc 1,26-38).
Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada: Procura repetir despacio las palabras evangélicas, grabándolas en tu memoria y en tu corazón.
Respondemos a la Palabra con la oración: La oración es ahora la respuesta que suscita la Palabra del Señor. Cuando leemos las Escrituras, escuchamos a Dios, cuando oramos, le respondemos. La oración es pues, absolutamente necesaria para que se dé el diálogo entre el creyente y Dios. La Palabra de Dios está pidiendo siempre nuestra respuesta.
Para profundizar en la Palabra: Explicación del texto: Lucas nos transmite aquí el encuentro más prodigioso que podamos imaginar entre Dios y cualquier criatura humana. Pensándolo bien, sólo María estaría en condiciones de transmitirnos algo de lo que realmente ocurrió.
Los sentimientos, actitudes y reacciones de María se reflejan los vv. 29, 34 y 35. «Ella se turbó al oír estas palabras, preguntándose qué saludo era aquel» (v.29). «María dijo al Ángel: ¿Cómo sucederá esto, si no conozco a varón?» (v.34). «Respondió María: Aquí está la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que has dicho» (v.38).
María se siente confundida ante el saludo. ¡Son demasiadas impresiones para una joven de corazón sencillo! Pero el ángel confirma la validez del saludo y disipa la confusión. El diálogo resalta, junto a la sencillez de esta joven, su capacidad de intervención: «¿Cómo será esto?» Escucha atenta de la Palabra: esto es lo más importante, lo definitivo: «Hágase en mí según tu Palabra».
La explicación del texto suscita nuevas respuestas e interrogantes:
- Alabanza: «Dichosa eres, María, que al recibir el anuncio del ángel te has hecho Madre del Verbo de Dios. Dichosa tú, que, meditando en silencio las palabras del cielo, te has convertido en discípula del Señor» (Antífona mariana).
- Acción de gracias: «En verdad es justo y necesario, darte gracias, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. Porque la Virgen creyó el anuncio del ángel: que Cristo, por obra del Espíritu Santo, iba a nacer para salvar a los hombres» (Prefacio de la Bienaventurada Virgen María, Discípula del Verbo encarnado).
Lenguaje del signo: La Medalla Milagrosa nos muestra el corazón de María al pie de la cruz, en actitud de acoger, meditar y vivir la obediencia de la fe. Lo que aquí nos sugiere el corazón de María junto a la cruz es la actitud que ella tuvo siempre de acogida de la voluntad del Padre, de meditar la Palabra de Dios en su corazón.
Envío: María, discípula de Cristo, intercede ante el Señor para que vivamos evangélicamente nuestro discipulado. Llena de la luz del Espíritu Santo, ruega por nosotros para que, enviados al mundo, seamos «luz de las gentes».
Bendición: Señor, que todo mi ser sea inundado por la bendición y la alabanza. Que tu alabanza esté siempre en mi boca. Amén.
Ambientación: El Evangelio es una Buena Noticia, un mensaje de liberación, de luz y de amor; amor sobre todo por los oprimidos, los pecadores, los enfermos. Admiremos nosotros también y acojamos esta Buena Noticia de liberación, de luz y caridad: «No basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo». Si queremos estar con Cristo, como Vicente de Paúl, tenemos que tener el corazón cada vez más abierto. Tener una apertura universal significa aceptar que el Evangelio se extienda más cada vez.
Reunidos en el nombre del Señor: Oramos enseñados por los primeros cristianos: «Dirige los ojos hacia nosotros, Señor. Concede tu perdón y tu misericordia a todos los aquí reunidos. Apiádate de nosotros y concédenos ser buenos, sabios y puros. Envía tu poder para que todo tu pueblo sea reconocido santo e inmaculado» (Oraciones de los primeros cristianos).
Iniciamos la oración: Jesús habló en aquel tiempo y sigue hablando ahora. Sus palabras no han perdido fuerza. Alaba y da gracias a Dios porque se revela a los hombres. ¿Quién dudará que la Palabra del Señor penetró hasta el fondo del corazón de Vicente de Paúl?.
Lectura de la Palabra de Dios: Hacemos unos instantes de silencio orante.
«En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. Él respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida”. Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Respondió Jesús diciendo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva’. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”» (Lc 10,25-37).
Lectura personal y meditativa de la Palabra proclamada: Fija tu atención en cada uno de los personajes de la parábola. El letrado recibe, al final de la parábola, una respuesta magistral: «Vete y haz tú lo mismo». El letrado no parecía tener ningún problema en lo que se refería a Dios. Pero aquí viene la parte que le preocupaba un poco. Jesús cuenta al letrado una historia para que emprenda un camino nuevo. Este mensaje encaminó a San Vicente al mundo de los pobres. He sentido, Señor, tu llamada al rumiar tu palabra: «Vete y haz tú lo mismo».
Respondemos a la Palabra con la oración: «Vete y haz tú lo mismo». La Palabra del Señor pide respuesta. Aquí estoy, Señor, dispuesto a recorrer el camino recorrido por el buen samaritano. Te reconozco en el buen samaritano, en cada uno de sus gestos sanadores y acogedores. Haz que interprete, como Vicente de Paúl, esta parábola con mi vida.
Para profundizar en la Palabra: En el prójimo se me revela Dios. Por eso debo amar también al prójimo con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas y con toda mi mente.
Envío: «Vete y haz tú lo mismo». También te envía san Vicente de Paúl: «Yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar».
Vocabulario de apoyo:
- Alabanza: La alabanza arrastra al ser entero del hombre. Alabar a Dios no puede convertirse en un acto ocasional, sino en ocupación de toda la vida. Debe ser la profesión del hombre en su paso por la tierra.
- Acción de gracias: La acción de gracias es la resonancia de Dios, la manifestación exterior de lo que se experimenta en el alma.
- Cuerpo: En el cuerpo de Cristo, los cristianos se unen a Cristo, Cabeza y, desarrollando cada uno la función que le otorga el Espíritu en favor de los demás, realizan la misma unidad que tiene el cuerpo humano cuando practican sus diversas funciones en armonía con las diversas funciones de las restantes partes del cuerpo humano (cf. 1Cor 12,14-26).
- Símbolos: Toda oración tiene una dimensión simbólica, pues el hombre intuye a Dios y entra en contacto con él por medio de los símbolos.
Los evangelios describen muy sencillamente la espiritualidad de María: escuchó la palabra de Dios y la puso en práctica (Lc 8,19-21). San Vicente recordaba a sus seguidores que María «mejor que ningún otro creyente, penetró en el sentido del evangelio y lo puso en práctica» (SVP XII,129 / ES XI,428).
La unión entre la oración y la acción es una de las claves más importantes para una sana espiritualidad. San Vicente estaba profundamente convencido de que, para vivir de modo equilibrado, la oración y la acción deben respirar juntas, como los dos pulmones del cuerpo. Divorciada de la acción, la oración puede tornarse escapista. Puede diluirse en fantasía, puede crear ilusiones de santidad. Divorciada de la oración, la acción puede resultar superficial. Puede tener un carácter «compulsivo». Puede convertirse en una dependencia intoxicante. La espiritualidad está en su sazón cuando mantiene una tensión mutua y vital la oración y la acción.
La espiritualidad genuina transforma nuestra humanidad. Nos hace más amables, más atentos a los otros. Arraiga en nosotros el deseo «de servir y no de ser servidos» (Mc 10,45) y la convicción de que «hay más felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35). Nos empuja a ser misioneros en el mundo. En la oración, escuchamos a Dios que nos llama a salir a servir a los otros, compartiendo con ellos la Buena Noticia «en obras y palabras», como le gustaba decir a san Vicente.
Al final de este libro, rezo para que todos cuantos lo usemos hagamos de la oración parte permanente de nuestras vidas y para que avancemos cada día, llenos del espíritu del Señor, deseosos de servir y de ser misioneros del Señor en el mundo.
Robert P. Maloney, CM
- Série Hors Rayons, El mensaje de Catalina Labouré: una dinámica de vida, Graphic Express, París, 1992.
- Congregación de la Misión, Orar en nuestras comunidades, Tomo 2, CEME
- Vicente de Dios, CM, La Medalla Milagrosa: doctrina y celebración, CEME, Salamanca, 1986.
- Manuel J. Fernández. Márquez, Vida y contemplación, Ediciones San Pablo, 1988.
- Bernard Sesboüé, Creer (invitación a la fe católica para las mujeres y los hombres del siglo XXI), San Pablo, 2000.
- Audrey Gibson and Kieran Kneaves, Praying with Louise de Marillac, Saint Mary’s Press, 1995
- Margaret Alderman and Josephine Burns, Praying with Elizabeth Seton, Saint Mary’s Press, 1992
