Testimonio de la Misión Nacional JMV – República Dominicana

Un encuentro que transformó mi fe

Mi experiencia en esta misión de Semana Santa 2026 fue profundamente significativa para mí. Durante muchos años, yo vivía la Pascua desde mi comunidad en la ciudad, acompañando a los jóvenes y participando en las actividades. Era algo que ya formaba parte de mi rutina, un espacio donde me sentía cómoda, porque conocía todo lo que implicaba. Sin embargo, este año decidí dar un paso distinto.

Motivada por mi comunidad y, en especial, por mi catequista, quien me insistía en que viviera la experiencia de misión, me abrí a la oportunidad de salir y conocer otra realidad. Y hoy puedo decir con certeza que fue una de las decisiones más acertadas que he tomado.

La misión fue en Puerto Plata, en una comunidad llamada El Ranchito. Es un lugar pequeño, dividido en varios pueblitos, pero con una riqueza humana y espiritual muy grande. Es una comunidad donde todos se conocen, donde hay cercanía, y donde la mayoría son personas adultas que viven su fe de una manera muy auténtica.

Para mí, como joven, fue un encuentro muy enriquecedor. Estoy acostumbrada a una vivencia de fe más activa, rodeada de jóvenes y con muchas dinámicas. Pero allí experimenté algo distinto: una fe más sencilla, pero profundamente arraigada.

También pude notar que sí había jóvenes en la comunidad, pero muchos de ellos no viven la fe de la misma manera, y no necesariamente por falta de interés, sino por las realidades sociales que les rodean. Muchos están influenciados por el ambiente, por lo que ven, por lo que se vive en su entorno.

Incluso, algo que me marcó mucho fue entender que, para algunos de ellos, la Semana Santa no representa un tiempo de recogimiento, sino una oportunidad para salir, compartir o simplemente desconectarse. Y eso me hizo reflexionar profundamente, porque mientras unos esperamos ese momento de encuentro con el Señor que renace en nosotros, otros quizás no han tenido la oportunidad de descubrir ese significado.

Me hizo cuestionarme muchas cosas y valorar más lo que tengo, porque muchas veces, desde la comodidad, no somos conscientes de la riqueza espiritual que recibimos.

Además, fue una experiencia muy humana. Pude compartir con personas maravillosas, crear vínculos sinceros y sentirme acogida. Me llevé amistades que, aunque surgieron en poco tiempo, dejaron una huella real en mí.

Esta misión me enseñó a salir de mi zona de confort, a dejar lo conocido y a disponerme al servicio. Me recordó que la fe no es algo que se vive solo desde lo que recibimos, sino también desde lo que somos capaces de entregar.

Aprendí que es necesario ir al encuentro del otro, especialmente de aquellos que viven realidades distintas a la nuestra, y que en ese encuentro también se hace presente Jesús.

Y comprendí que no importa el lugar ni las condiciones. No importa si el espacio es pequeño o si los recursos son limitados. Cuando hay corazones abiertos, el Señor siempre llega. Esta experiencia dejó una huella en mi vida. Me ayudó a crecer, no solo en la fe, sino también en mi forma de ver, de sentir y de servir. Y sin duda, es un testimonio que llevaré a otros.

Mabel Amador

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