Testimonio de la Misión Nacional JMV – Ecuador
Una Semana Santa de encuentro, servicio y fe
Mi Padre Celestial me dio el privilegio de poder misionar por segunda vez en Semana Santa. En esta ocasión, la misión se llevó a cabo en la ciudad de Lago Agrio. En todo momento sentí cómo nuestra Madre María nos cubría con su manto y su amor, ayudándonos a decir “sí” al llamado de Dios.
Desde el lunes Santo comenzamos a visitar casa por casa. Escuchábamos sus historias, sus dificultades y también sus alegrías. Nos guiábamos con el material, pero sobre todo con el corazón, tratando de llevar el mensaje de Dios a cada familia. Durante tres días recorrimos las tres comunidades que nos habían sido asignadas.
El jueves, iniciamos los días más fuertes. Con mi compañera de misión realizamos dos celebraciones del lavatorio de pies. El viernes llevamos a cabo el vía crucis junto a la comunidad. Invitamos a las personas a participar leyendo el Evangelio y realizamos la adoración de la cruz. Aunque tuvimos que acortar algunas partes por el tiempo y las actividades de la comunidad, tratamos siempre de adaptarnos y acompañarlos de la mejor manera.
El sábado nos reunimos en la capilla para acompañar a María en su dolor y realizar la bendición del fuego, siempre buscamos vivir el momento con fe.
Algo que marcó profundamente mi corazón fue ver que en las tres comunidades existía un mismo temor: el miedo al matrimonio. Muchas parejas llevaban años juntas, con hijos, pero no se animaban a dar ese paso. Vimos familias muy unidas, llenas de amor, que se apoyan entre sí y viven una verdadera comunidad.
Esta misión me enseñó a escuchar, a servir y a confiar más en Dios. Me recordó que, incluso en medio de dificultades, el amor de Dios siempre está presente en cada hogar. A lo largo de esta misión pude entender que ser misionero no es solo ir a hablar de Dios, sino aprender a encontrarlo en cada persona, en cada familia y en cada realidad.
En cada casa que visitamos no solo llevábamos un mensaje, también recibíamos algo: historias, luchas, alegrías y sobre todo mucho amor. Me di cuenta de que muchas veces pensamos que vamos a “dar”, pero en realidad Dios nos habla a través de las personas que encontramos en el camino. También aprendí a adaptarme, a entender que no todo sale como uno lo planea. Hubo momentos en los que tuvimos que acortar celebraciones o cambiar horarios, pero aun así Dios se hacía presente, porque al final no es la perfección de las actividades lo que importa, sino la disposición del corazón.
Esta experiencia me enseñó a escuchar más, a juzgar menos y a servir con humildad. Me enseñó que decir “sí” a Dios implica salir de la comodidad, pero también confiar en que Él guía cada paso.
Me llevo la certeza de que Dios está vivo en cada comunidad, en cada familia y en cada pequeño gesto de amor.
Alisson Guzñay
Juventud Milagrosa
